GARA, 07/01/2003


      Iritzia > Gaurkoa
      Mikel Arizaleta - Traductor
      ¡Malditos seáis!

      Mintzoa ha editado el "No me avergoncé del Evangelio" de Marino Ayerra con el título "Malditos seáis", al que le ha puesto notas sabias Jimeno Jurío y una solapa de letanía e imprecación su editor S. Otazu Jaurrieta: «Nacieron con la muerte pegada a la espalda, porque en esta tierra nuestra se murió y se mató más que se vivió. Nacieron con una caparra negra colgada al cuello». ¡Cómo no! Se refieren al 36, a los cuneteros navarros y a sus muertos. En los últimos tiempos van extrayendo de entre zarzas, pinos, piedras y tierra huesos de republicanos, de rojos, de hombres de bien a los que cristianos viejos y militares ­auténticos «polvorines por etapas», en frase de Ayerra­ dieron su bendición papal con un tiro de plomo. En la revista "Bidebarrieta" última se rescatan las memorias de Ernesto Ercoreca, aquel alcalde republicano de la villa de Bilbao, que a punto estuvo de morir asesinado en el corral de Valcaldera aquel 23 de agosto del 36, eso sí, con la bendición del curilla Antonio Añoveros, más tarde obispo. Siguen gobernando los cuneteros desde sus monumentos al correaje y a Cristo Rey. Sin ir más lejos, la Gran Vía de Bilbao empieza con la mirada de la Virgen de Begoña y culmina con el monumento al Sagrado Corazón y su «Reinaré en España». A esta gente que se pasea por la vida con los evangelios en el sobaco no le pidáis ni misericordia ni compasión ni justicia: son militares y acarrean muerte. Es verdad, Marino: ¡Malditos seáis!

      El testimonio que nos ha dejado Andoni Beroiz en este noviembre pasado es aterrador, increíble. Tortura refinada, tortura profesional, torturadores mensajeros del poder. Sí, en noviembre de 2002 y con la ben- dición del PNV, EA e IU, del tripartito en el Gobierno. Y de la mano de sus esbirros, de sus hombres podridos. Con sus manos y su vergüenza. Son ellos, los que hoy nos gobiernan, torturadores profesionales. Ibarretxe y su gobierno amparan la tortura, se sirven de la tortura, gobiernan desde la tortura. Y los jueces miran a otra parte y silban silencio y disculpa. Silencio cómplice. Se viene denunciando desde lejos, desde años, desde distintas partes, por gentes de todo pelo. Hay entre nosotros fotos, relatos, testimonios que parecen del 36, sacados de cárceles chilenas, de cárceles argentinas, de gulasch... Pues no, son de aquí. Los verdugos viven en nuestros barrios y pueblos, son mozos de caserío, gentes de la margen izquierda. Hijos de familias conocidas. Su hijo, su padre, su marido, su mujer... son torturadores. ¡Aquí, como en tantos países del mundo! Eso sí, preguntados por sus labores, todos trabajan en tráfico. Torturadores profesionales, esbirros. Son muchos los que vienen denunciando la tortura del gobierno, la tortura gorda. Pretenden crear desolación, que reine el silencio y la sumisión, que nadie se mueva. Son los dictadores de siempre con el mismo látigo en la mano. ¡Malditos! Os gritamos al terminar un año y comenzar el nuevo: ¡Torturadores, malditos seáis! Os llaméis como os llaméis, seáis lehendakari, consejero, juez o peón, sois los torturadores de nuestro pueblo y mi deseo es que reventéis allí donde estéis, que no veáis el sol, el amanecer, el nuevo año... Que no gocéis con el dolor de las gentes, que se os rompa el alma en mil pedazos.

      Y es que duele el alma oír testimonios de detenidos a la salida de comisaría, sus relatos ante el juez...; revuelve las entrañas ver sus rostros, sus fotos, su corazón roto, sus heridas... Y uno queda perplejo, achicado, indignado, aturdido; se mira y remira las manos y ve que le comienzan a oler a sangre, a silencio cobarde, a colaboración pasiva. Y la historia se repite con frecuencia. Y uno tiene miedo a leerla toda entera. ¿Cómo es posible la tortura hoy y entre nosotros? ¿Y tan a menudo? Pues ocurre y se da. Y con cierta frecuencia. Y reina un silencio cómplice bastante extendido.

      Al empezar el año quiero gritar sus desvergüenzas, su injusticia, su baba y su muerte. Rebelarme, escupirles en la cara su miseria de hombre y de mujer de poder y gobierno. Me pregunto por qué tenemos gobiernos tan corruptos, tan llenos de matones y mentira, gente tan innoble y deleznable en puestos de gobierno, traficantes de tortura, de lágrimas... Recojamos las manos y alcemos el puño. Rompamos sus caretas humanas, mostremos con bravura su maldad, su bajeza, su miseria. ¡Miserables! Denunciémosles públicamente. Hay que parar la tortura, tumbar al torturador. Su anonimato y pasamontañas, sus zulos y guaridas tienen un responsable: el Gobierno, su lehendakari Ibarretxe y sus leyes de tortura. Todos y cada uno de ellos son responsables. Si se tortura en las comisarías es porque el Gobierno permite y gobierna con ella, y los jueces guardan silencio y consienten. Su jerga y defensa es la de siempre: la mentira. No permiten el foco, al abogado, al amigo, la claridad, la luz y los taquígrafos. Gobiernan desde la impunidad y la sordidez. Su palabra es mentira y su fuerza tortura.

      Al empezar el año, no quiero dejar de recordar a los muchos torturados durante el año anterior en nuestro pueblo. Quiero recoger su grito y lanzarlo contra nuestros gobernantes y contra quienes hacemos posible la tortura con nuestra boca cerrada. Comentamos con aspaviento y mueca lo que otros bestias hacen allí, lejos, y caminamos a paso ligero ante lo que se hace aquí cerca, en nuestras calles y a nuestra gente por gobernantes y cipayos. Lavamos nuestro silencio con metafísica solidaria, somos en casa ter- tulianos de todo a cien con ínfulas de lábel de humanidad y análisis sutil fuera. En definitiva, somos muchos los que hacemos posible con nuestra conducta el que al final del año sean muchos los torturados en nuestra tierra. Me gustaría que en este año nuevo fuéramos muchos quienes rompiéramos el silencio impune, el grito sordo, la lágrima amarga y denunciáramos en piña y en manada a gobernantes, jueces y lacayos, que amparan la tortura y gobiernan desde la indignidad y miseria. ¡Malditos seáis!

      Hoy quisiera que fuera verdad aquel verso del poeta: «Tiene el padre entre las cejas/ Un ceño que le aborrasca/ El rostro, un tachón sombrío/ Como la huella de un hacha./ Soñando está con sus hijos,/ Que sus hijos lo apuñalan;/ Y cuando despierta mira/ Que es cierto lo que soñaba». -

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